sábado, 10 de agosto de 2013

Si no gano, ¿pierdo?

"Cuántas cosas perdemos por miedo a perder".

Me dijeron esto, mas no sé si porque esta persona sentía que estaba perdiendo o lo hacía yo; a pesar de eso, me lo he pensado casi toda la semana: ¿Era que no alcanzaría algo que deseaba? ¿O es que se me quitaba algo que ya era mío? ¿Acaso estaba perdiendo en la discusión?

En este mundo si no gano, pierdo, ¿cierto? Pero, ¿es así siempre? ¿Tiene que serlo? Quiero lograr muchas cosas; sin embargo, no alcanzarlas no siempre significa que las pierdo. Puede ser, simplemente, que su vacío fue llenado por otras que llegaron inesperadamente, pero que fueron suficientes.
Por otra parte, las cosas que puedo comprar y llamar mías, las cambiaría mil y más veces por las personas y los momentos que no puedo comprar y de las que, definitivamente, no puedo apropiarme. Y si no tengo los argumentos bien fundamentados, ¿cómo no perder?

En mi caso, yo esperaba algo - con un profundo anhelo, eso sí -, pero, sin imaginarlo siquiera, ha llegado algo que no esperaba y ha sido suficiente. Más que suficiente. Sí, perder me duele, me pega en el orgullo, me hace cerrarme a mis sueños, pensar que no puedo lograr lo que me he propuesto, me desanima a seguir; mas no estoy dispuesta a asumir la pérdida como el final. Siempre hay más; aunque no siempre sea ganar y subir al podio.

miércoles, 7 de agosto de 2013

¿Relativista yo? Si usted quiere

Hay quiénes son más tranquilos que y los que se preocupan más; los que son más inteligentes y los que consideran que yo lo soy más; los que me quieren mejor de lo que yo los quiero y a los que yo quiero querer lo más que se pueda; los que han leído más que yo y los que tienen que leer más; los que me inspiran y los que me hacen cuestionar al humano... Pero, no es mi forma de ver la vida la mejor. Tampoco lo es la de los cristianos, la de los machistas o las feministas, o la de los izquierdistas o derechistas.

¿Relativista? No, rotundamente no. Pero no acepto que haya un solo marco de referencia, una sola respuesta. No acepto la uniformidad o la igualdad; sin embargo, prefiero la diversidad y la unicidad. Si el mundo fuera para la uniformidad, más que parecernos físicamente, pensaríamos igual y las percepciones no variarían de un individuo a otro. Y, más que aburrido, sería decepcionante ver tanto recurso invertido en tanta cosa igual.

domingo, 28 de julio de 2013

Lo quiero todo

Si solo tuviera que juzgar por lo que este momento me dice, siento que he llegado a un punto en el que no debo pedirle mucho a la vida, porque me veo a la luz de mis expectativas, sobre el escenario de lo que he logrado, y todavía no lo he alcanzado. Sí, eso, con lo que sueño. Y aun así, me rehúso a rendirme: quiero todo con lo que sueño.

Honestamente, sé que no lo conseguiré todo. Para ser aún más honesta, hoy mis sueños son muy diferentes a los que soñé cuando era niña, pero los sigo manteniendo y únicamente los cuento cuando no se han cumplido o veo que, de plano, no se cumplirán. Y esto lo hago, porque es que mis sueños son como un tesoro: toca tener el mapa bien escondido y el lugar muy secreto, hasta que se puede sacar y disfrutar. Sin embargo, los que sí se cumplieron, son mi realidad y no toca contarlos ya. Me dan esa satisfacción interna de que lo loco y ambicioso sí se puede obtener.

Una frase que leí por ahí, decía: "Los sueños solo mueren si muere el soñador". Pues.. todavía hay sueños.

lunes, 22 de julio de 2013

Abuelito, lo quiero mucho

Roberto Nieto Munguía

Me quedé con las ganas de sentarme en sus piernas y acariciar su rostro arrugado, sintiendo los vellos de su incipiente barba blanca y y de los ojitos que añoraban años pasados. Apenas lo vi algunas veces, pero siempre sentía el anhelo de llamarlo "abuelito" como hacían las niñitas de pelito rubio y rizado en las películas y, especialmente, porque usted me llamó nietecita.

Esta dedicatoria aparece en el libro La Virgen de la Paz. Breves apuntes militares y literarios.

Lo despedimos apenas unas cuántas personas. Quizá sus compañeros de la milicia no se dieron cuenta que ya partió, pero poco a poco les irán dando la noticia. Lo recordaba tan alto y robusto, pero antes de viajar - como dice con algo de nostalgia la abuela Esther - ya estaba delgadito y me renacía ese cariño de hace tantos años. Qué tontita me sentía tratando de comportarme con naturalidad frente a usted, cuando en otras ocasiones soy tan segura y tan propia, tan impulsiva y (dicharachera) desbocada en otras. Si en su rostro yo adivinaba mi mismo sentir, al menos eso me parece.

Lo extraño, de una forma tan especial... No viví ninguna etapa de mi vida con usted, pero con toda la gente que he conocido a lo largo del camino recorrido, en el último año me he dado cuenta que no hay como la familia; la que está apoyando, ayudando a crecer, corrigiendo, o al menos, anhelando un poquito del cariño familiar, claro. No toda la sangre compartida es familiar. Y lo quiero, lo quiero mucho abuelo.

viernes, 5 de julio de 2013

¿Un Santo General?

Hace unos días tomé un taxi directo para ir a la Francisco Morazán. Así se lo dije al taxista y, al parecer, entendió bien. Tomamos el Bulevar de las Fuerzas Armadas, luego el intercambio San Francisco y, cuando subíamos la cuesta, el conductor hizo un giro, que para mí no era conocido, y le pregunté "¿Esta calle va a la Francisco Morazán?". Sin perder tiempo, y hasta con una sonrisa (de alivio, creo), me preguntó de vuelta:  "¿Y es que usted va a la residencial?". ¡Ja! Le sonreí de vuelta y le dije que sí, que iba a la Residencial Francisco Morazán, mientras él casi me lleva a la San Francisco.

Imagen tomada de Centinela Económico

Sin embargo, ¿qué diantres salió mal en la conversación que no nos entendimos desde el inicio?

Él quería, para quedar más claros, que yo le hubiera dicho "Residencial Francisco Morazán", porque, así como hicimos el trato, él entendió que yo iba a la Colonia San Francisco. Y aunque sí hay diferencia entre residencial y colonia, el General Francisco Morazán no es un santo ni San Francisco lleva por apellido Morazán.

lunes, 10 de junio de 2013

¿Acaso yo puedo investigar?

He escuchado en muchas ocasiones que las personas investigan y van en busca de la respuesta y verdad en las cosas que les inquietan. De forma individual investigamos actitudes, relaciones causa-efecto, enfermedades, métodos para cocinar mejor, sentimientos, calidad de utensilios o herramientas...
Con ese discurso conocido, bastante conocido por muchos, argumentamos frente a estudiantes y colegas que la investigación científica no solo se da en la escuela, sino que es inherente al ser humano. Pero no enseñamos las formas de hacer investigación a los estudiantes. El atiborramiento de teoría en las clases de metodología de la investigación y  la práctica “empírica” de la investigación se convierten en suficiente razón para asumir que los universitarios investigan profesionalmente.

Imagen tomada de La Estrella

En algunos contextos, la educación superior parece estar pensada únicamente para formar y graduar a la fuerza laboral que se necesita en determinadas áreas de trabajo; no para instruir a individuos que conservarán, y consecuentemente incrementarán, el acervo cultural y científico para las próximas generaciones de un país. Considero que el pensamiento crítico y la propuesta teórica que un individuo puede crear no se enseña en la teoría de la educación superior, sino en la práctica de la educación como la conducción de una persona a través de la su vida.
Querer enseñar investigación como una clase en un espacio pedagógico específico es algo apreciable; pero no debería ser, nunca, el único espacio para ofrecer este aprendizaje. Además, se corre el riesgo – un riesgo que ya se ha materializado en la mayoría de los casos – de reducir la investigación solamente a su abordaje cuantitativo. En mi experiencia, la investigación cualitativa no tuvo pies o cabeza sin números y “datos objetivos” antes de cursar el módulo de metodología de la investigación en el programa de postgrado.
No se me enseñó a investigar. Ni siquiera a seguir un camino – tortuoso, indeseable, aburrido o interesante, motivador, deseable. Ninguno. – con el objetivo obtener resultados, saberes que se presentaran, no porque el libro los decía o porque la profesora los diera para recitarlos más tarde, sino que fueron obtenidos por un paseo personal por diferentes fuentes bibliográficas, preguntas a diferentes personas, y una experiencia de sorpresa constante ante la amplia gama de posibles respuestas que una sola pregunta puede generar.

No se me enseñó a cuestionar, sino a aceptar; no se me enseñó a preguntar, sino a repetir; tampoco se me enseñó a generar respuestas, sino a buscar las ya elaboradas. Y ahí yace mi reclamo. Al llegar al postgrado, cuando se supone que debería estar pletórica de situaciones problemáticas para las cuales deseo proponer una idea… me he sentido en blanco. ¿Qué es lo que no está bien en la enseñanza de lenguas? ¿Qué es lo que yo no hago bien como profesora? ¿Qué es lo que se debe mejorar? ¿Qué dificultades enfrentan mis alumnos? ¿Cómo puedo ayudarlos? "Pero, si para todo eso ya hay respuesta, ¿qué hago yo en esta vaina?”, fue la pregunta recurrente cada vez que me hablaban del problema de investigación.

Pero, no hay tiempo para hacer este tipo de reclamos. Toca empezar a cuestionar, a leer, a discutir ideas con los libros, con los compañeros, con los profesores – que ojalá estén dispuestos a ofrecer este ejercicio dialógico –. Toca citar autores expertos, eruditos de toda la vida que cambiaron el mundo por sus ideas; pero, sobretodo, toca empezar a proponer, a buscar alternativas, a generar conocimiento. No toca solo reproducir el conocimiento, es hora de generarlo. Y, de ser posible, llevar a cabo esta tarea no solo a nivel personal, sino involucrando a los estudiantes en la tarea, que encuentro apasionante, de estudiar, buscar respuestas y crecer como individuos y luego, fortalecer las sociedades.

Para concluir, deseo reconocer que algunos de mis mayores motivadores han sido mis compañeros de maestría, cuyos aportes, preguntas, retos, planeamientos, tertulias y disertaciones me han dejado una espinita por avanzar más y más. Entre mis profesores, aprecio lo que el Dr. Wolfgang Teschner, el M.Ed.. Edwin Medina y la Dra. Lidia Fromm me mostraron en cuanto a educación, crecimiento e investigación.
Posiblemente me tome una vida generar mi aporte, pero sé que esta publicación me forja un compromiso, no solo conmigo misma, sino uno más público y que conlleva mi propia palabra como persona ante cualquiera que lo requiera.