lunes, 10 de junio de 2013

¿Acaso yo puedo investigar?

He escuchado en muchas ocasiones que las personas investigan y van en busca de la respuesta y verdad en las cosas que les inquietan. De forma individual investigamos actitudes, relaciones causa-efecto, enfermedades, métodos para cocinar mejor, sentimientos, calidad de utensilios o herramientas...
Con ese discurso conocido, bastante conocido por muchos, argumentamos frente a estudiantes y colegas que la investigación científica no solo se da en la escuela, sino que es inherente al ser humano. Pero no enseñamos las formas de hacer investigación a los estudiantes. El atiborramiento de teoría en las clases de metodología de la investigación y  la práctica “empírica” de la investigación se convierten en suficiente razón para asumir que los universitarios investigan profesionalmente.

Imagen tomada de La Estrella

En algunos contextos, la educación superior parece estar pensada únicamente para formar y graduar a la fuerza laboral que se necesita en determinadas áreas de trabajo; no para instruir a individuos que conservarán, y consecuentemente incrementarán, el acervo cultural y científico para las próximas generaciones de un país. Considero que el pensamiento crítico y la propuesta teórica que un individuo puede crear no se enseña en la teoría de la educación superior, sino en la práctica de la educación como la conducción de una persona a través de la su vida.
Querer enseñar investigación como una clase en un espacio pedagógico específico es algo apreciable; pero no debería ser, nunca, el único espacio para ofrecer este aprendizaje. Además, se corre el riesgo – un riesgo que ya se ha materializado en la mayoría de los casos – de reducir la investigación solamente a su abordaje cuantitativo. En mi experiencia, la investigación cualitativa no tuvo pies o cabeza sin números y “datos objetivos” antes de cursar el módulo de metodología de la investigación en el programa de postgrado.
No se me enseñó a investigar. Ni siquiera a seguir un camino – tortuoso, indeseable, aburrido o interesante, motivador, deseable. Ninguno. – con el objetivo obtener resultados, saberes que se presentaran, no porque el libro los decía o porque la profesora los diera para recitarlos más tarde, sino que fueron obtenidos por un paseo personal por diferentes fuentes bibliográficas, preguntas a diferentes personas, y una experiencia de sorpresa constante ante la amplia gama de posibles respuestas que una sola pregunta puede generar.

No se me enseñó a cuestionar, sino a aceptar; no se me enseñó a preguntar, sino a repetir; tampoco se me enseñó a generar respuestas, sino a buscar las ya elaboradas. Y ahí yace mi reclamo. Al llegar al postgrado, cuando se supone que debería estar pletórica de situaciones problemáticas para las cuales deseo proponer una idea… me he sentido en blanco. ¿Qué es lo que no está bien en la enseñanza de lenguas? ¿Qué es lo que yo no hago bien como profesora? ¿Qué es lo que se debe mejorar? ¿Qué dificultades enfrentan mis alumnos? ¿Cómo puedo ayudarlos? "Pero, si para todo eso ya hay respuesta, ¿qué hago yo en esta vaina?”, fue la pregunta recurrente cada vez que me hablaban del problema de investigación.

Pero, no hay tiempo para hacer este tipo de reclamos. Toca empezar a cuestionar, a leer, a discutir ideas con los libros, con los compañeros, con los profesores – que ojalá estén dispuestos a ofrecer este ejercicio dialógico –. Toca citar autores expertos, eruditos de toda la vida que cambiaron el mundo por sus ideas; pero, sobretodo, toca empezar a proponer, a buscar alternativas, a generar conocimiento. No toca solo reproducir el conocimiento, es hora de generarlo. Y, de ser posible, llevar a cabo esta tarea no solo a nivel personal, sino involucrando a los estudiantes en la tarea, que encuentro apasionante, de estudiar, buscar respuestas y crecer como individuos y luego, fortalecer las sociedades.

Para concluir, deseo reconocer que algunos de mis mayores motivadores han sido mis compañeros de maestría, cuyos aportes, preguntas, retos, planeamientos, tertulias y disertaciones me han dejado una espinita por avanzar más y más. Entre mis profesores, aprecio lo que el Dr. Wolfgang Teschner, el M.Ed.. Edwin Medina y la Dra. Lidia Fromm me mostraron en cuanto a educación, crecimiento e investigación.
Posiblemente me tome una vida generar mi aporte, pero sé que esta publicación me forja un compromiso, no solo conmigo misma, sino uno más público y que conlleva mi propia palabra como persona ante cualquiera que lo requiera.

viernes, 7 de junio de 2013

La Alondra Negra - el final propuesto

La Alondra Negra es una novela de Isidro España; quien cuenta con una trayectoria como dramaturgo, escritor y periodista. Este es mi final propuesto cumpliendo con el requisito de una clase*, en ningún momento es un intento de mejorar, cambiar o desmeritar la obra original.


En una esquina, una vendedora de café caliente y pan dulce que algunas llaman pan de casa y otros pan de mujer, le gritó... “¡Lidia! ¿no hay nada por ahí?...” “¿Depende cuánto tenés?” respondió la Alondra, “quince centavos” dijo la mujer.**
La Alondra cogió los centavos que la mujer le dio y entonó tres versos de una canción. “¿Eso es todo?” inquirió la mujer. La Alondra, sonriente, le respondió... “!qué querés por quince centavos!”… y la miró de reojo.
Seguimos caminando y parecía que nos acercábamos la playa. La Alondra me contaba la vida que había llevado en los últimos años, cómo ganaba algunos centavos con sus canciones de gloria y las dos que compuse para ella. Me habló sobre los sueños que no la dejaban dormir cuando se le agolpaban en plena madrugada, en los que aparecían sus hijos y el japonés que la dejó, pidiéndole que les cantara una canción y luego otra y después otra; para luego despertarse con las lágrimas frías metiéndose en los oídos, empapándole la almohada y refrescándola del calor, sin poder respirar porque la nariz se le había llenado de mocos. Sentía que habíamos caminado mucho tiempo, pero no sabía si la tarde se había alargado o se había detenido. El cielo naranja parecía ser el mismo que vi cuando la encontré, con las nubes largas alineadas con el horizonte. Temía que me volviera a hablar de amores, porque recordé la madrugada en el Patio de la Alondra cuando me confesó estar enamorada de mí.
“Mirá, ese es el nuevo patio de la Alondra”, dijo. Cerca de la playa había levantado cuatro paredes para su cuartito y otras cuatro para encerrar la letrina. Tenía un fogón al lado del cuarto, y me invitó a tomar café. Me senté frente a la casita, mientras ella entró y revolvió algunos trastes. Salió con dos pocillos y un perolito para calentar el agua mientras cantaba una de las canciones que escribí para ella. La perdí de vista cuando fue a poner el agua, pero la escuchaba cantar mientras atizaba el fuego.
No supe en qué momento su canto y el ambiente se convirtieron en uno, pero me di cuenta que el tiempo ya había empezado a andar de nuevo porque anochecía y la Alondra no venía con el café. Cuando me levanté y rodeé el cuartito para ver si todo estaba bien, encontré el agua hirviendo y un pequeño pajarito posado sobre el techo del fogón detuvo su canto. La pequeña Alondra Negra, quietecita, volvió a cantar una vez más y echó a volar hasta que se escapó de mi vista por última vez.

* El curso corresponde al módulo Métodos y prácticas de la enseñanza-aprendizaje de la lectura en lengua española, del programa de Maestría en Enseñanza de Lenguas con orientación al español, en la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán.
** Este párrafo se mantuvo así como aparece originalmente en La Alondra Negra.

domingo, 2 de junio de 2013

La lectura y su función social

Este ensayo fue producto de una tarea en el programa de maestría, con la docente Melissa Merlo y responde a la solicitud de leer el bloque de lectura contemplado en el Diseño Curricular Nacional Básico y expresar nuestra opinión.
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El Diseño Curricular Nacional Básico (DCNB) aborda la lengua en cuatro bloques: lengua oral, lengua escrita -lectura y escritura-, reflexión sobre la lengua, y apreciación y creación literaria. Es el rescate de la función social de la lectura sobre el cual se basa este trabajo. Porque tengo algunas preguntas al respecto: ¿en qué consiste la lectura como función social? ¿Quién la promueve en la escuela y, sobre todo, fuera de ella? ¿Con qué libros?


Se habla mucho sobre la lectura como una actividad social, pero vemos cómo, actualmente, los lectores se distinguen más por su soledad e individualidad, y no por su socialización de la actividad. Por ejemplo, un grupo de estudiantes en la escuela que trabajé se jactaban de ser lectores asiduos, pero no compartían sus libros entre sí ni conocían las lecturas preferidas de sus compañeros ni leían en los tiempos muertos de la escuela. Este no es un ejemplo exhaustivo, pero en mi experiencia personal tampoco he encontrado los círculos en los cuales hablar sobre los libros que leo. Usualmente, la lectura se toma como una tarea obligada en la escuela o un acto silencioso de deleite, pero la mayoría de las veces es personal y no traspasa las fronteras del individuo.

Ana María Margallo (1) propone, para dinamizar el tiempo de la lectura, los estudiantes pueden compartir fragmentos o impresiones de los libros que han leído, ser expuestos o participar de lectura en voz alta, reforzar su autoimagen como lectores y abrir las fronteras del espacio de lectura. Tan importante es que la comprensión de la lectura personal se logre en un nivel óptimo, como lo es el hecho de entenderla como una actividad natural en los círculos sociales de quien la practica. ¿O será que es muy difícil llevar la lectura a casa? ¿Y a la escuela? Porque, a pesar de delinear un estándar de lectura en función de palabras por minuto –cuyo número está por definir–, el DCNB no esboza la necesidad de un espacio y tiempo de lectura en la escuela que le permita a los estudiantes esa formación prioritaria.

Un segundo pensamiento a considerar es la muerte del lector que, a pesar nuestro, hace Roger Chartier (2012) y que  es “diagnosticada” por las prácticas de lectura actuales, la crisis de la edición y la civilización de la pantalla. Es este último elemento el que definirá el futuro de la lectura, porque hemos visto que las páginas han sido sustituidas por los aparatos electrónicos casi sin miramiento de clase social o poder adquisitivo –eso sí, con marcadas diferencias en el nivel de tecnología adquirido–. Y la respuesta a esos cambios en la lectura la queremos dar nosotros, pero somos una generación que no lo hará; en cambio
La verdadera respuesta no se encuentra en los hábitos o los deseos de los lectores que entraron en el mundo digital a partir de sus experiencias como lectores de libros impresos. La respuesta pertenece a los nativos digitales que identifican cultura escrita y textualidad electrónica. (2)
Así, la función social de la lectura tiene, en estos momentos, dos retos en cuanto a su concepción: lograr su priorización e implementación con el impulso de la generación que asociamos lectura con libros, y sentar las bases para que las futuras generaciones puedan adoptarlos para sus comunidades más tecnológicas.

Refererencias

  1. Chartier, R. (2012). Leer la lectura. Seminario Internacional “¿Qué leer? ¿Cómo leer? Perspectivas sobre la lectura en la infancia", (págs. 1-17). Santiago.
  2. Margallo, A. M. (13 de marzo de 2012). Claves para formar lectores adolescentes con talento. Recuperado el 17 de mayo de 2013, de Docentes: http://docentes.leer.es/files/2012/03/art_prof_lectorescontalento_anamariamargallo.pdf