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| Roberto Nieto Munguía |
Me quedé con las ganas de sentarme en sus piernas y acariciar su rostro arrugado, sintiendo los vellos de su incipiente barba blanca y y de los ojitos que añoraban años pasados. Apenas lo vi algunas veces, pero siempre sentía el anhelo de llamarlo "abuelito" como hacían las niñitas de pelito rubio y rizado en las películas y, especialmente, porque usted me llamó nietecita.
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| Esta dedicatoria aparece en el libro La Virgen de la Paz. Breves apuntes militares y literarios. |
Lo despedimos apenas unas cuántas personas. Quizá sus compañeros de la milicia no se dieron cuenta que ya partió, pero poco a poco les irán dando la noticia. Lo recordaba tan alto y robusto, pero antes de viajar - como dice con algo de nostalgia la abuela Esther - ya estaba delgadito y me renacía ese cariño de hace tantos años. Qué tontita me sentía tratando de comportarme con naturalidad frente a usted, cuando en otras ocasiones soy tan segura y tan propia, tan impulsiva y (
Lo extraño, de una forma tan especial... No viví ninguna etapa de mi vida con usted, pero con toda la gente que he conocido a lo largo del camino recorrido, en el último año me he dado cuenta que no hay como la familia; la que está apoyando, ayudando a crecer, corrigiendo, o al menos, anhelando un poquito del cariño familiar, claro. No toda la sangre compartida es familiar. Y lo quiero, lo quiero mucho abuelo.

