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lunes, 22 de julio de 2013

Abuelito, lo quiero mucho

Roberto Nieto Munguía

Me quedé con las ganas de sentarme en sus piernas y acariciar su rostro arrugado, sintiendo los vellos de su incipiente barba blanca y y de los ojitos que añoraban años pasados. Apenas lo vi algunas veces, pero siempre sentía el anhelo de llamarlo "abuelito" como hacían las niñitas de pelito rubio y rizado en las películas y, especialmente, porque usted me llamó nietecita.

Esta dedicatoria aparece en el libro La Virgen de la Paz. Breves apuntes militares y literarios.

Lo despedimos apenas unas cuántas personas. Quizá sus compañeros de la milicia no se dieron cuenta que ya partió, pero poco a poco les irán dando la noticia. Lo recordaba tan alto y robusto, pero antes de viajar - como dice con algo de nostalgia la abuela Esther - ya estaba delgadito y me renacía ese cariño de hace tantos años. Qué tontita me sentía tratando de comportarme con naturalidad frente a usted, cuando en otras ocasiones soy tan segura y tan propia, tan impulsiva y (dicharachera) desbocada en otras. Si en su rostro yo adivinaba mi mismo sentir, al menos eso me parece.

Lo extraño, de una forma tan especial... No viví ninguna etapa de mi vida con usted, pero con toda la gente que he conocido a lo largo del camino recorrido, en el último año me he dado cuenta que no hay como la familia; la que está apoyando, ayudando a crecer, corrigiendo, o al menos, anhelando un poquito del cariño familiar, claro. No toda la sangre compartida es familiar. Y lo quiero, lo quiero mucho abuelo.