Vía La Tribuna
En una esquina, una vendedora de café caliente y pan dulce que algunas llaman pan de casa y otros pan de mujer, le gritó... “¡Lidia! ¿no hay nada por ahí?...” “¿Depende cuánto tenés?” respondió la Alondra, “quince centavos” dijo la mujer.**
La Alondra cogió los centavos que la mujer le dio y entonó tres versos de una canción. “¿Eso es todo?” inquirió la mujer. La Alondra, sonriente, le respondió... “!qué querés por quince centavos!”… y la miró de reojo.
Seguimos caminando y parecía que nos acercábamos la playa. La Alondra me contaba la vida que había llevado en los últimos años, cómo ganaba algunos centavos con sus canciones de gloria y las dos que compuse para ella. Me habló sobre los sueños que no la dejaban dormir cuando se le agolpaban en plena madrugada, en los que aparecían sus hijos y el japonés que la dejó, pidiéndole que les cantara una canción y luego otra y después otra; para luego despertarse con las lágrimas frías metiéndose en los oídos, empapándole la almohada y refrescándola del calor, sin poder respirar porque la nariz se le había llenado de mocos. Sentía que habíamos caminado mucho tiempo, pero no sabía si la tarde se había alargado o se había detenido. El cielo naranja parecía ser el mismo que vi cuando la encontré, con las nubes largas alineadas con el horizonte. Temía que me volviera a hablar de amores, porque recordé la madrugada en el Patio de la Alondra cuando me confesó estar enamorada de mí.
“Mirá, ese es el nuevo patio de la Alondra”, dijo. Cerca de la playa había levantado cuatro paredes para su cuartito y otras cuatro para encerrar la letrina. Tenía un fogón al lado del cuarto, y me invitó a tomar café. Me senté frente a la casita, mientras ella entró y revolvió algunos trastes. Salió con dos pocillos y un perolito para calentar el agua mientras cantaba una de las canciones que escribí para ella. La perdí de vista cuando fue a poner el agua, pero la escuchaba cantar mientras atizaba el fuego.
No supe en qué momento su canto y el ambiente se convirtieron en uno, pero me di cuenta que el tiempo ya había empezado a andar de nuevo porque anochecía y la Alondra no venía con el café. Cuando me levanté y rodeé el cuartito para ver si todo estaba bien, encontré el agua hirviendo y un pequeño pajarito posado sobre el techo del fogón detuvo su canto. La pequeña Alondra Negra, quietecita, volvió a cantar una vez más y echó a volar hasta que se escapó de mi vista por última vez.
* El curso corresponde al módulo Métodos y prácticas de la enseñanza-aprendizaje de la lectura en lengua española, del programa de Maestría en Enseñanza de Lenguas con orientación al español, en la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán.
** Este párrafo se mantuvo así como aparece originalmente en La Alondra Negra.
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